Fragmento como construcción de identidad.


El fragmento supone y propone la construcción, el nacimiento. El fragmento es un punto de partida que invita a la imaginación y a la reinvención. A experimentar, unir, coser y, sobre todo: a crear.

“Después Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté sólo; le haré una ayuda semejante a él” (Génesis 2, 18-19) “ Entonces Yavé hizo caer sobre Adán un sueño letárgico , y mientras dormía tomó una de sus costillas, reponiendo carne en su lugar; seguidamente de la costilla tomada del hombre formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al hombre, quien exclamó: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona porque del varón ha sido tomada” (Génesis 2, 21-24).

Si el fragmento tiene poder como constitutivo de identidad, aquí se hace indiscutible. Toda la creencia occidental acerca de la creación de la mujer está basada en un fragmento de cuerpo masculino. Una costilla a partir de la que la mujer fue concebida y modelada. Según la tradición judeocristiana, Eva y todas las hijas de esta debemos nuestra existencia a un fragmento creador, amputado del pecho del hombre.

La historia del cuerpo de las mujeres es curiosamente una historia escrita por hombres. Algunas de ellas aún no han podido independizar su ser femenino de la costilla masculina y sus cuerpos reducen su actuación a lo que ellos ordenan y exigen.

El cuerpo de Eva representa un cuerpo de mujer cuya identidad ha sido creada a partir de imposiciones y normas externas a ella. Un cuerpo que durante mucho tiempo ha sido y es tratado como mercancía y trofeo. Un cuerpo que está visualmente al servicio de los demás y que ha sido constantemente reducido a su forma y textura.

Hemos asistido con el paso de los siglos a una reinterpretación indignante y de baja calidad de una Eva a la que se le reprocha y culpabiliza por no tener un cuerpo de canon perfecto.

Hemos asistido a la creación de una mujer pecadora, incapaz de soportar la tentación y culpable de que su marido caiga en ella.

Eva ha entregado su cuerpo permitiendo que le impongan modos de vestir y de ser, tareas a realizar, forma de pensamiento e incluso dueños ajenos a ella misma. Eva ha abandonado su propio deseo, entregándose a todas las indicaciones que le han dado de qué tenía que hacer y cómo; amputando su identidad, olvidándose de su cuerpo, que ya no pertenece a ella, sino a los otros.

La Eva contemporánea se encuentra tumbada sobre la mesa de disección a la espera de una revisión de su identidad. ¿Asistiremos? a una reinvención de su cuerpo. Al génesis de la mujer del siglo XXI. Eva elegirá qué partes quiere y en qué cantidad y orden. Será dueña de su propio cuerpo como nunca lo ha sido. Y cuando reconstruya su carne, habrá construido por fin su propia identidad.